Son las siete de la mañana, cojo el folio y lo arrugo con mis manos resecas estando sentado en mi silla de estudio. Lo convierto en una bola de papel insignificante, la meto dentro de la papelera; me he marcado un triple. Me doy la vuelta y la escucho, ha bajado rodando desde la cima de pelotas blancas con el mismo final que ella, hasta el suelo; cae al vacío de mi habitación. No sé cuántas habré lanzado, pero eso sí, la misma cantidad que las que he encestado. Un nivel de puntería tan magistral que ni el propio Kobe sería capaz de igualar. Me levanto, noto cómo mis rodillas crujen y me adormecen las piernas. Llevo más de diez horas sentado limpiando a mis amiguitas de acero, pensando en cómo quedarán en mi nuevo traje de chaqueta.
Miro de frente a un armario de espejos donde no me veo reflejado, el hombre que hay frente a él es un chico joven con mal aspecto. Lleva mi ropa, sí, pero sus rasgos de cansancio en su cara no son propias de mí. Yo soy una persona apuesta, de buenas formas y un aspecto más que entrañable. Este chico me resulta familiar, tiene heterocromía en los ojos, uno de color azul y otro es verde pistacho; preciosos pero desgastados. Muestra deseo de clemencia para su alma cuando ve la luz del día como guillotina de toda esperanza que ya es nula. Lo sabe tanto él como yo. Los labios están muy secos, agrietados y resaltando el pellejos salientes que si son arrancados de su sitio crearán heridas verdaderamente dolorosas. Las pecas que cubren desde sus mejillas hasta la nariz consiguen llamarme la atención, tienen un tono marrón muy suave. Se ve a leguas que no soy yo, yo no tengo pecas, ¿o sí? Ya no recuerdo muy bien las cosas, los problemas de la droga, me dicen. Echo la vista hacia abajo y veo un pequeño trozo de papel amarillo pegado en el mueble, parece una pequeña nota. Sí, así es. Es de las que uso cuando pasan cosas importantes. “Vamos, ya has rebasado el cubo, llámame y nos vamos. Landom”. Una sonrisa abarca el arco de mi cara, el dolor de las grietas ni se nota a causa de la satisfacción que recorre mis venas ahora mismo.
Al alzar de nuevo la vista, te veo detrás de mí. Tu cuerpo alado y negro, una sola ala, la izquierda. Con unos cuernos puntiagudos resaltados por unos ojos rojos del mismo color de la sangre. Hacía tiempo que no te sentía, tan cerca aún sabiendo que vives dentro de mi pecho. Nuestras risas entre dientes cortan el silencio como una katana de Hanzo. Doy un paso hacia atrás, cogo del pomo la puerta del armario y la deslizo hacia mi derecha, abriéndose de par en par. Choca contra la contigua, se rompen las uniones, qué pena. Quito la percha de la que cuelga mi ropaje de una importante marca italiana. Al sacarla el aroma a mafioso trasciende por toda mi habitación. Dejo caer la percha y mi parte oscura, Landom, la mantiene en el aire con sus garras puntiagudas. Le doy una señal de agradecimiento guiñándole el ojo derecho, complicidad fraternal pura y dura. Al desnudarme por completo no noto el frío, ni siquiera el tacto del suelo, la ira mezclada con la sed de sangre es más que suficiente para alejar mi cuerpo de mis sentidos humanos. Una vez vestido abro los cajones de mi mesilla de trabajo, cojo de él mis tres pequeñas: dos escopetas básicas con el cuello recortado a base de segueta y una magnum del calibre 44. Las armas potentes las guardo entre el pantalón con mis caderas, rozando mis tatuajes a fuego.
- Eh, tío -aviso a Landom con tono de prepotencia-. ¿Escóndete, quieres? No es normal que la gente me vea contigo por la calle. Te recuerdo que eres un demonio de dos metros y medio, ya me dirás tú -levanto el dedo índice, señalo a mi pecho-.
Nunca estaré acostumbrado a ésta sensación. Se vuelve una bola negra que se dirige a mi esternón a una velocidad brutal, distorsionando el espacio a base de ráfagas oscuras que se van acoplando dentro de mí. La temperatura de mi cuerpo aumenta pero mis sentidos se agudizan, me vuelvo ultrasensitivo. Mis músculos aumentan levemente y mis pupilas se dilatan hasta tapar mis propios iris.
- ¡Ahí tienes, pesado! -me habla desde dentro, no se escucha en el exterior. Es como si tuviera unos auriculares internos para su voz-. Ambos sabemos que me quieres dentro porque eres un adicto al protagonismo, si la gente supiera quién soy y cómo te ayudo, todo cambiaría.
- Eres mi compañero, no mi conciencia, así que cállate -dirijo mi puño hacia mi pecho, de lleno y cargado con fuerza-.
- No, amigo mío, a mí ya no me la sueltas -saca su mano de mi tronco y frena la mía, ha sido capaz de predecirme-. Te lo dije la última vez.
- Cómo se nota que llevamos meses juntos, ¿eh? -reímos-.
Avanzo hacia la puerta de la entrada, me doy cuenta de que mis llaves cuelgan de la cerradura. Abro tirando hacia abajo del pomo, no las cojo. Sé de sobra que no voy hay vuelta atrás, dejar una vida con la que no me sentía a gusto. Cierro dando un fuerte tirón hacia mí, el estruendo es brutal, mis tímpanos se percatan de mi fuerza. El pitido recorre toda mi cabeza a un tono de mi agudo, inolvidable como el olor a tierra mojada. El ascensor se me queda pequeño, los espejos están sucios y no me veo bien, voy a seguir pensando que es culpa de la mierda impregnada. Puedo diferenciar una capa de humo oscuro recubriendo mi piel. No se despega como si se tratara de una prenda, la pequeña nube fluye a través de mis manos hasta mi cuello sin llegar a la cara. Toda esta capa imita el movimiento lento de una marea atlántica. Me empieza a transmitir una sensación cálida por mi cuerpo, me protege. Es la primera vez que me pasa ya sospecho del porqué. Levanto la mano hasta la altura de mi pecho, la abro y la cierro de repente creando un puño con mis dedos; el ascensor se para en seco. Las luces blancas empiezan a parpadear, ahora mando yo. Sonrío levemente por la comisura derecha mientras me desato los botones de la chaqueta gris junto a los de mi camisa negra. Puedo ver cómo en mi pecho hay un agujero del que brota toda este manteo de fuerza.
- ¿Crees que es buena idea, Landom? -digo hablando a través de mi mente, sin utilizar lengua ni cuerdas vocales-.
- No lo dudes, ya sabes que esto es un nuevo comienzo, me vas a necesitar tanto como yo a ti. Por separado no vamos a conseguirlo, unámonos como nunca. Uña, carne, resistencia y fuerza.
Asiento con convencimiento, la confianza ya no es necesaria, sabemos que no habrá fallo. Me vuelvo a abrochar la ropa. Saco un pequeño puñal de mi bolsillo derecho del pantalón, rajo la palma de mi mano con un corte lento; toda esta magia se une con mi sangre. La piel se regenera, en cuestión de un par de segundos ya no existe esa raja. Como nuevo.
Una vez fuera, nadie mira al frente. Su vista está dirigida a sus propios pasos, a una pantalla táctil del móvil o a cualquier rincón de la calle. Llueve a cántaros pero no me mojo, soy impermeable. Parece que vivo en el objetivo de una cámara, lo veo tan fácil y simple todo que no encuentro manera de complicar la situación. Levanto el brazo, rozo la yema de mis dedos con la pared. Con el simple tacto leve consigo rayar y dañar estos ladrillos. Los restos saltan por los aires, chocando y picando encima de los coches aparcados en la acera. Por más que avanzo no me canso, todo se vuelve tan leve que las cuestas más empinadas y empedradas me parecen una montaña rusa en caída libre. Se hace de noche, los rayos del atardecer están batiendo un duelo con el filo cortante de mis miradas. No sé quién va ganando, pero por más que lo intenta, ni el frío ni el calor pueden hacerme daño, mucho menos sangrar. Pego una patada a una pequeña mierda que cae en un agujero enorme, sigo hacia delante, floto y lo atravieso sin problemas. Ahí está, reluciente como ella misma; mis pies dejan el camino a medio trazo.
- Guau, sigue como hace veinte años, se nota que este hombre no ha escatimado para nada en mantenerla, joder -dice sorprendido Landom-. Ya va siendo hora de hacerlo -sale de mi cuerpo a través de mi espalda pero manteniendo su joya en mi esternón. Me sale un ala derecha en el omóplato-. Ahora todo se basa en ser discretos, ya lo sabes.
- Por supuesto -rezumo ironía en mis palabras-. En este mismo momento estoy llamando a la puerta y les pido que me dejen entrar que quiero comprar el terreno, no te jode.
- Esto no me gusta, ya lo sabes. Es necesario hacerlo, pero mejor hacerlo…
- Ya basta, tío -susurré con tono serio-, si sabes que soy imparable.
- Sí, pero solo… -interrumpe-.
- ¿Pero? A mí ni una bomba me consigue frenar. Esta cosa negra me flipa, me hace un… Un tú, ¿sabes? -muevo el brazo hacia delante-. Venga, vámonos.
Lo que estamos mirando no es más que una mansión enorme de color blanca con techo azul con un jardín tan grande como cuatro campos de fútbol, abarcando uno de los costados de un valle con un pequeño riachuelo. Se puede ver a la perfección cómo hay pequeñas luces que de color amarillo moviéndose por la zona exterior y el techo; deben ser vigilantes de seguridad. No me preocupo por nada, así que echo a correr como alma que que lleva el diablo. Las intensidad que brota de mi cuerpo se nota al instante en los latidos de mi corazón. Este aura se torna a un color rojo sangre muy intenso. Consigo atravesar la distancia de cuatro millas en cuestión de segundos, he atravesado el muro del caserío; estoy dentro. El sigilo también es una de mis virtudes desde la infancia, uno tiene que aprender a escaquearse de los abusones cuando ellos menos se lo esperan. Levanto la rodilla.
- ¿De verdad? ¡Esto déjamelo a mí, yo también quiero! -me sonríe, le guiño el ojo-.
Empezamos una pequeña competición personal a una velocidad de escándalo.
- ¡El que mate a más vigilantes gana! -grito-.
Todo se vuelve una lluvia de estrellas luminosas en un suelo frío y apagado por el invierno. Saco el cuchillo y destrozo nueces con solo mover mi arma blanca con los dedos índice y corazón. Me salpica la sangre pero no me mancha, mi piel absorbe cada una de sus gotas rojas, me alimentan; sed de sangre. Por mi espalda escucho un disparo que pasa a escasos centímetros de mi hombro. Giro mi cuello como si fuera de rosca, era un pobre gordo con el uniforme de seguridad. Veo dos puntos rojos detrás de él. Al segundo siguiente su cuello tiene una línea oscura, su cabeza cae rotunda al suelo, el cuerpo sigue su camino dos segundos más tarde. Ahora subo las escaleras y atravieso toda la mansión hasta llegar al despacho principal del señor.
- ¿Quién eres tú? -me mira asustado-.
Es un señor de unos sesenta años, lleva el pelo largo, rubio desgastado y una coleta fina con gomilla negra. Sus gafas de metal oscuro y patillas delgadas le quedaban que ni pintado; no se las había cambiado en estos veinte años. Sigue igual de ciego, por lo que veo. Su bata roja con bordados de oro no le deja indiferente, debe costar una millonada. Aunque tal cantidad de dinero no podría comprar ni una gota de seguridad, cosa que le hace falta si no se ha cagado aún en los pantalones.
- Vaya… ¿Es que no me recuerdas? -Me relamo los labios con mi puntiaguda lengua-. Soy yo, Landom. Y éste -señalo a mi izquierda- también es Landom -él mismo aparece traspasando el suelo-.
- ¿La-La-Landom? ¡Pero si Landom está muerto, yo mismo lo maté! -grita asustado a la vez que anda hacia atrás. Se cae-.
- En efecto, mataste al Landom de este universo, pero yo soy Landom de otro distinto, uno mejor y más fuerte. Pero has matado a una parte de mi alma; eso no se perdona.
- Pero si yo… Sí él me… -lanzo mi cuchillo, se clava de lleno en el centro de su frente. Cae de espaldas-.
- Como bien dijeron cuatro buenos amigos en la antigua Francia… Uno para todos, y todos para uno.
Camino lentamente y me guardo la mano en los bolsillos, llego hasta el cuerpo inerte de aquel vejestorio. Saco mi querida amiga de su cuerpo, lamo la sangre de las hojas y la guardo de nuevo.
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